Desde que estalló la rebelión pingüina. O más atrás, desde que alguien por ahí llamó a “dejar de llorar”. O más atrás aún, desde que Mayo del 68 desconcertó al andamiaje del poder…
Algo, en esta línea difusa que lanzamos desde el presente hacia aquellos momentos, sucedió.
Aunque se sigue practicando la (entendible pero discutible) huelga de hambre; la inmolación; el suicidio u otras prácticas que utilizan al cuerpo como espacio en donde se deposita la rabia, la impotencia y el reclamo al poder, algo parece estar cambiando.
Si hacemos un pequeño mapa de la discursividad pingüina, heredera a mí parecer del influjo inconstante que ofreció la generación perdida de los 90′ (que a estas alturas veo con mayor optimismo), podemos apreciar que reina el desenfado, la creatividad, el humor y una capacidad de sintetizar-jugar con la crítica que resulta profundamente seductora. » Tenemos más que decir…




